Inmigrantes: ¿Valen la pena?

Desde que empecé a trabajar en el mundo de la inmigración en Estados Unidos y en Europa, una de las cosas más notables e irrefutables que he descubierto es que el mundo de la política de inmigración generalmente se rige por una sola cosa: el mérito.

La versión más nueva de la Regla de Carga Pública es solo el ejemplo más reciente de cómo      nuestra sociedad y gobierno piden constantemente a los inmigrantes que nos demuestren que valen la pena. Esencialmente, la versión más nueva de la regla busca reducir [el número de] inmigrantes que llegan a EEUU con menos habilidades, menos dinero, menos educación, y por ende, menos “mérito”. ¿Tiene habilidades especiales que serían de ayuda en el mercado laboral? ¿Tiene título universitario? ¿Habla inglés y/o múltiples otros idiomas? ¿Tiene suficiente dinero como para no depender de beneficios públicos como SNAP o TANF? Estos son los criterios por los cuales el gobierno de Estados Unidos mide el valor de los inmigrantes.

Sin embargo, este enfoque meritocrático a la inmigración no es de ninguna manera único en Estados Unidos. En el Reino Unido, los inmigrantes se clasifican en cuatro niveles. El Nivel 1 es para inmigrantes “de alto valor” que demuestren talento excepcional. El nivel más bajo es para migrantes temporales. Dentro de cada nivel, se le asigna puntos [a un inmigrante] basado en habilidades lingüísticas, recursos financieros, y edad. Como siempre, entre más puntos, mejor.

En Italia, los inmigrantes son sujetos a un sistema de puntos similar en el cual uno tiene aproximadamente dos años para obtener 30 puntos para recibir un permiso de residencia. Los puntos se ganan a través de cosas como comprar una casa, mientras que también se pueden perder puntos.

Estos son sólo tres ejemplos de cómo las políticas de inmigración continúan a enfocarse en el mérito. Estas políticas continúan dando el mensaje a los inmigrantes de “le damos la bienvenida si nos puede demostrar que es digno de nuestro país”.

Sin embargo, ninguno de nosotros eligió el país en que nació. No elegimos nuestra nacionalidad al nacer. Yo no elegí obtener un pasaporte que me otorga acceso a 170 países sin visa, tampoco eligieron nuestros clientes nacer en países que inherentemente limitan su libertad de movimiento y demasiado frecuentemente su seguridad.

Esencialmente, como sociedad juzgamos a las personas basándonos en su valor económico y capacidad de producir por un país en vez de verlos como lo que son: seres humanos. Un sistema en el cual a los seres humanos se les otorgan derechos basados en su “valor” para un país y el “valor” de su país, es un sistema inherentemente injusto. Es un sistema que no puedo aceptar, y espero que Usted tampoco.