La criminalización de los inmigrantes

Cuando le digo a la gente que trabajo con inmigrantes en detención, una de las primeras preguntas que me hacen es “¿cómo terminaron ahí?” Así empieza la infinita lista de posibles puntos de entrada que tiene la gente al complejo inmigración-industrial: los detuvieron en la frontera y los transfirieron a un centro de detención en Maryland; ICE realizó una redada en su complejo de apartamentos en Virginia; llegaron al Aeropuerto Internacional Dulles y fueron detenidos en aduanas. Por lo general, me miran con preocupación, tristeza y lástima…hasta que llego al último punto de entrada en la lista: tuvieron un encuentro con el sistema de justicia penal. No pocas veces, se desvanece la simpatía en los ojos de la persona delante de mí.

“Ah entonces, ¿algunos son criminales?” dicen, más como una declaración que una pregunta.

“No,” les respondo, “algunos son personas acusadas y/o declaradas culpables de delitos. Si bien estos delitos pueden incluir violencia y robo, también pueden incluir infracciones menores de tráfico, falta de identificación adecuada, o ser negro o moreno en Estados Unidos.”

Mientras que la persona delante de mí procesa esta información, siempre recuerdo mi primera experiencia en un centro de detención de inmigrantes. Llevaba menos de un mes en mi nuevo trabajo con la Coalición CAIR y estaba ansiosa por empezar con el componente de servicios directos de mi puesto. Menos de una semana después de terminar nuestra capacitación de visitas a cárceles, me encontré parada detrás de un escritorio de metal en un aula improvisada dentro de una cárcel, paseando de un lado a otro mientras esperaba a que los detenidos entraran.

De repente, oí el sonido de voces masculinas y zapatos arrastrándose por los pisos de linóleo. La manilla de la puerta se movió y vi a un guardián de la prisión tanteando con un llavero       enorme hasta que la puerta abrió. El guardián asomó la cabeza por la puerta: “Coalición CAIR, ¿están listos para ellos?”

“Si, estamos listos. ¡Que pasen!” respondió alegremente la abogada principal del Programa de Orientación Legal (LOP, por sus siglas en inglés).

La puerta se abrió y unos cincuenta hombres adultos entraron en la sala en una línea recta. Eran casi exclusivamente hombres morenos y negros. Llevaban mamelucos iguales de color azul marino. Algunos tenían tatuajes que les cubrían los brazos y el pecho.

Mientras se acercaban a nosotros, miré al personal de la Coalición CAIR en la sala: una abogada principal, dos asistentes legales, dos voluntarias. Todas mujeres, la mayoría de ellas jóvenes y blancas.

Por un momento, sentí miedo. Casi inmediatamente, sentí vergüenza. 

Resonaban en mi cabeza las palabras de una de nuestras colegas en una reunión la semana anterior: “nunca olviden que los mamelucos son más que ropa,” dijo, “son una herramienta de deshumanización. Los mamelucos son diseñados para hacernos olvidar que cada persona que conocemos en detención es un ser humano.”

Miré a mi alrededor y sus palabras reverberaban en toda dirección.

Aquí estábamos, sentadas en un aula vacía dentro de una prisión, al otro lado de la mesa      cincuenta hombres en mamelucos de color azul marino. Estábamos en medio de la nada, rodeados de alambradas de púas de cientos de pies de altura. Para llegar aquí, nos habían hecho pasar por al menos diez puertas que cerraban automáticamente. Dos guardianes enormes estaban afuera. Cada detalle de la prisión a mi alrededor había sido cuidadosamente diseñado para deshumanizar a los seres humanos adentro. Estaba decidida a no ser víctima.

Mientras me reunía con una persona tras otra, la injusticia absoluta de sus circunstancias resultó       abrumadora. Compartir todas las historias que escuché en ese sólo día en una entrada de blog sería imposible. Así que quiero utilizar este espacio como oportunidad para disipar las nociones preconcebidas sobre cómo los inmigrantes se convierten en “criminales.”

Una de las primeras personas que conocí en el centro de detención fue un hombre salvadoreño llamado Raúl*. Tenía poco más de 30 años y llevaba casi 5 años viviendo en Estados Unidos. Hacía poco que había formado una familia con su esposa. Ahora tenían dos hijas pequeñas: de 2 años y 6 meses. Estaba ansioso por volver con ellas.

Me senté a su lado y garabateaba furiosamente mientras repasábamos el formulario de admisión: ¿Dónde nació? ¿Cuándo fue su primera entrada a EEUU? ¿Dónde fue su último lugar de residencia? Diez minutos después, habíamos llegado al fin a la parte del formulario donde preguntamos a nuestros clientes cuándo y cómo fueron detenidos por ICE. Raúl miró hacia el piso.

“La policía me detuvo.” dijo.

“¿Y por qué le detuvo la policía?” le pregunté. Me preparé para cualquier cosa, sabiendo que su caso se complicaría cada vez más en función del número y la gravedad de los cargos penales que pudiera tener.

“Exceso de velocidad” respondió. Casi me ahogo. ¿Estaba en detención por exceso de velocidad? Inmediatamente, Raúl insistió en que ni conducía tan rápido- ¡lo prometió! Le volví a preguntar si había tenido algún otro encuentro con la policía por cualquier otra razón, desesperada por descubrir que había sido detenido por una “crimen” ligeramente más legítimo      que exceso de velocidad.

“Nunca” insistió. Completamos el formulario y nos despedimos.

El próximo lunes, subí la información de Raúl a nuestro sistema de archivado digital. De acuerdo con nuestro protocolo normal, ingresé su nombre en la base de datos local de antecedentes penales en línea para asegurar que no habían antecedentes penales que nos faltaran. Inmediatamente apareció su nombre y nerviosa, hice clic en el icono cuadrado.

Primer cargo: “EXCESO DE VELOCIDAD.” Abajo, en una cajita en una fuente pequeñísima, había una breve descripción de una sola línea: “Conduciendo a 36 millas por hora mph en una zona de 30 millas por hora.” Parpadee dos veces y empecé a buscar los anteojos de leer en mi bolsa que en realidad no necesito. Debo estar leyendo esto mal. ¿Quizás fueran 63 mph en una zona de 30 mph? Cuanto más tiempo miraba la pantalla, más segura estaba. Eran 36 mph; no había duda. Inmediatamente empecé a romperme la cabeza, tratando de pensar en una sola ocasión en que yo no había conducido a 36 mph en una zona de 30 mph.

Luego, desplazaba hacia abajo al segundo cargo, el cual él no había mencionado. “CONDUCIR SIN LICENCIA” decía en negritas, todo en mayúsculas. Ahora tenía sentido.

A Raúl lo pararon por conducir a 36 mph en una zona de 30 mph. Yo me atrevo a decir que lo pararon por ser un moreno conduciendo 36 mph en una zona de 30 mph, pero Usted lector haga de eso lo que quiera. 

El policía le pidió a Raúl su licencia de conducir. Raúl no tenía. El policía le pidió otra forma de identificación. Raúl no tenía. El policía lo llevó a la comisaría. Dentro de una hora, el policía había determinado que Raúl era indocumentado. Se le permitió hacer una llamada: llamó a su esposa, que estaba en casa sola con las niñas. Al final del día, Raúl estaba en un furgón camino al centro de detención de migrantes más cercano, a 3 horas de distancia. Desde entonces, no las ha visto.

Desafortunadamente, la historia de Raúl es mucho más lo común que una aberración.

El mismo día que conocí a Raúl, conocí a otro hombre que fue detenido después de que la policía lo arrestara por “intoxicación pública”. Fue el único antecedente penal que tenía.

El fin de semana siguiente, mientras caminaba por los bares que forran [el barrio de] Adams Morgan y un mar de jóvenes profesionales blancos se tropezaban delante de mí, no pude evitar mirarlos acusadoramente. Ellos estaban MUY borrachos en público, pensé, pero nunca terminarían en la cárcel por ello.

Hace unas semanas uno de mis clientes fue detenido después de que lo arrestaron por conducir bajo la influencia de alcohol. En lugar de admitir el cargo, me insistió una y otra vez que solo había tomado unas cervezas esa noche y que NO estaba borracho. Le leí el informe policial en voz alta por teléfono en un intento de averiguar la verdad.

(*this conversation was in Spanish but has been translated to English).

“El policía escribió que olió alcohol en su aliento” le dije.

“Sí,” admitió mi cliente, “había tomado dos cervezas con mis amigos…pero no estaba borracho. Estoy seguro de ello.”

“El informe dice que no pasó la prueba de línea recta,” le dije.

“Claro que no pasé,” dijo, “mi cuerpo entero estaba temblando. Tenía tanto miedo. Mi vida entera pasó por mis ojos. Mis hijos.”

“También falló la prueba de pararse en una sola pierna,” le dije.

“¡Por supuesto!” exclamó, “el policía me estaba gritando al oído. Me estaba diciendo cosas odiosas. Su cara estaba tan enojada y mala. No pude pensar bien.”

“Además,” agregó, “no puedo pararme en una sola pierna la mayoría del tiempo de todas formas. Estoy gordo y viejo.” Se rio de sí mismo y no pude evitar sonreír.

“El informe también dice que usted se negó a que le hicieran      una prueba con alcoholímetro y que resistió al policía” dije.

Ahora estaba confundido mi cliente.

“No tengo idea de qué habla” dijo. Le expliqué el proceso de medir el contenido de alcohol en la sangre con un alcoholímetro. “Eso nunca pasó,” insistió mi cliente, pero luego hizo una pausa. “Pero siendo sincero, no sé si el policía me lo pidió o no. Solo me gritaba en inglés. Mi inglés no es muy bueno. La mayoría del tiempo, no tenía idea qué me decía.”

Y ahí estaba la historia. El olor de alcohol. Un hombre moreno. Una barrera de idioma. Mucho miedo. Un juicio rápido. Consecuencias que cambian la vida.

En el poco tiempo que llevo con la Coalición CAIR, ya he acumulado una cantidad de historias como éstas como para llenar libros de texto.

Tan importante como las historias son las conclusiones que sacamos de ellas.

He aquí algunas que he sacado yo misma:

  1. El tratamiento de los inmigrantes en este país está intrínsecamente ligado al racismo. No podemos entender lo que está pasando con los inmigrantes en Estados Unidos hoy en día sin centrar la conversación en la raza.
  2. La criminalización de los inmigrantes es una herramienta cuidadosamente diseñada para deshumanizar a las comunidades inmigrantes. Las rejas, los mamelucos, las prisiones, son todas mecanismos destinados a hacernos olvidar que no existen “ellos,” sólo existimos nosotros.
  3. Podemos tener una conversación mucho más larga sobre la tensión entre el castigo      versus la rehabilitación en nuestra concepción de “justicia,” pero ningún ser humano merece ser devuelto a su muerte por un crimen que cometió, ya sea conducir a 36 mph en una zona de 30 mph o un robo armado.
  4. Cuando caemos en la narrativa destructiva del “buen inmigrante” versus el “inmigrante malo,” tenemos que pensar críticamente sobre lo que realmente significa “malo” y a quién se le dio el poder de definirlo.
  5. Como se nos recuerda al personal de la Coalición CAIR un imán en el refrigerador de la oficina todos los días, “cada uno de nosotros es más de la peor cosa que hemos hecho.”

*se han cambiado los nombres para proteger la confidencialidad del cliente